En absoluta confidencia me relató como el remero que a él le manejaba era un hombre robusto de manos grandes y curtidas, largo pelo oscuro y una barba rizada como las olas de los mares que surcaban; como aquel hombretón era pura bondad, de tal forma que cuando le asía para remar, parecía acariciarle como a cuerpo de mujer; solo en aquellos momentos en que se esperaba un abordaje, sentia la fuerza de sus manos y su miedo sudoroso. También me contaba de los soliloquios que este marinero canturreaba cada día haciendo versos sobre su compañera y sus pequeños vástagos ausentes y siempre presentes en unos pequeños mechones de pelo que enebrados en un cuero llevaba colgados de su fornido cuello.
Ya ves querido amigo,que el destino quiso que no hubiera lamentos , ni torturas , ni sufrimiento alguno. Había dos maderos en la playa, uno, el resto de este remo del que te he hablado, y otro, al que no pude hacer nada por él, al que no pude preguntar nada dado su estado de descomposición, pero que me aseguran que fue parte de una embarcación de esclavos de la cual, si que salían llantos y amarguras, pero esa madera no la traté yo, que para penas, ya me sobran algunas.
Besos.




